TESTIGOS DEL SILENCIO Y DEL VIENTO
Hay lugares en Galicia donde el tiempo parece avanzar de otra manera. Lugares en los que la naturaleza todavía impone su ritmo y donde, al caminar entre los montes, uno tiene la sensación de estar entrando en un territorio que pertenece tanto al presente como a la memoria.
En las montañas gallegas viven, todavía hoy, manadas de caballos salvajes. Se mueven libres entre los brezales y los bosques, siguiendo caminos que conocen desde hace generaciones. A veces aparecen a lo lejos, apenas unas siluetas entre la niebla; otras veces se dejan ver de cerca, inquietos, poderosos, como si recordaran que ese monte ha sido siempre suyo.
Cada primavera llega el momento de reunirlos. En Galicia existen 13 curros, conocidos también como A Rapa das Bestas, una tradición profundamente arraigada en la cultura rural gallega. Y es precisamente en la Serra da Groba-Galiñeiro donde se concentra el mayor número: seis curros que, año tras año, reúnen a vecinos, ganaderos y visitantes alrededor de este antiguo ritual. (Mougas, A Valga, Torroña, Galiñeiro, Donas y Morgadanes)
Desde temprano, los hombres y mujeres se adentran en la montaña para localizar las manadas. Se escuchan voces, pasos, el movimiento de los animales y esos gritos que rompen de pronto el silencio del monte. Poco a poco, los caballos son conducidos hacia los curros. La operación exige experiencia, paciencia y un conocimiento profundo del territorio. Aquí no hay nada improvisado: cada gesto responde a una forma de hacer las cosas aprendida y transmitida de generación en generación.
Cuando finalmente las manadas llegan al recinto, la escena cambia. La calma del monte da paso al movimiento, al sonido de los cascos, al polvo y a la fuerza de los animales. Es el momento de la rapa, cuando los aloitadores se enfrentan cuerpo a cuerpo con los caballos para cortarles las crines y marcar los potros. Es una imagen de una enorme intensidad, casi primitiva, que impresiona incluso a quien la contempla por primera vez.
Pero detrás del espectáculo hay algo más profundo. La Rapa das Bestas no es solamente una celebración. Es una forma de mantener vivo un vínculo antiguo entre las personas, los animales y la montaña. Los caballos forman parte de este paisaje desde hace siglos, y quienes participan en los curros conocen sus manadas, sus caminos y sus tiempos. Hay entre ellos una relación que difícilmente puede entenderse desde fuera.
Quizá por eso, cuando uno contempla los caballos descendiendo de las montañas, entre las voces de los vecinos y el eco de los cascos, siente que está asistiendo a algo que pertenece a otra época. Y, sin embargo, está ocurriendo ahora mismo. En la Serra da Groba-Galiñeiro, donde se celebran seis de los trece curros de Galicia, esa sensación se hace especialmente intensa.
Allí la tradición sigue formando parte del paisaje y de la vida de sus gentes. Y quizá esa sea la verdadera belleza de la Rapa das Bestas: no que conserve intacta una costumbre del pasado, sino que todavía hoy exista una comunidad dispuesta a subir al monte, encontrarse con los caballos y repetir, un año más, un ritual que forma parte de su propia memoria.
Al final, cuando los animales vuelven a perderse entre los montes y el ruido se apaga, queda una sensación difícil de explicar. Como si durante unas horas Galicia nos hubiera permitido mirar hacia atrás y recordar que hubo, y todavía hay, otra manera de relacionarnos con la tierra. Y quizá sea eso lo que hace que los caballos salvajes de Galicia sean mucho más que una imagen hermosa. Son la memoria viva de un paisaje.
Laureano Gómez



